jueves, 16 de mayo de 2013


REUNIÓN DE VOCES®
Revista literaria virtual Nº 12


Editorial

 Decía Charles Chaplin: “El tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto.”
 Un tiempo poeta que nos hace creer que escapa, que pasa, cuando en realidad los que pasamos por el tiempo somos nosotros.
Es el tiempo quien lleva las riendas, el que nos va corriendo el horizonte y nos cambia la perspectiva de las cosas.
No hay posibilidad de detenerlo o modificarlo. No existe reloj capaz de contenerlo o administrarlo. ¿Cómo podríamos medirlo sino desde nuestra más subjetiva humanidad?
Este señor de tres rostros, teje y desteje instantes, proyecta sombras y olvidos.
Esta eternidad que pesamos en felicidades o dolores, es camino implacable y certero.
Nos desvela con su secreto y nosotros, pequeños instantes en su rueda, intentamos sobornarlo con palabras.

                                                                        Gabriela Delgado


EL TIEMPO

Los clásicos


Las rosas del jardín de Adonis...

Las rosas del jardín de Adonis
Son las que yo amo, Lydia, esas efímeras rosas
   Que en el día de su nacimiento,
          En ese mismo día, mueren.

La luz es eterna para ellas, pues
Nacen con el sol cuando ya ha salido, y se acaban
   Antes que Apolo pudiera incluso iniciar
         Su trayectoria visible.

Como ellas, déjanos hacer de nuestras vidas un día,-
Voluntariamente, Lydia, desconociendo
   Que existe la noche antes y después
         El poquito que perduramos.

                           Fernando Pessoa (Portugal) Del heterónimo  Ricardo Reis






Advierte al tiempo de mayores hazañas,
en que podrá ejercitar sus fuerzas


Tiempo, que todo lo mudas,
tú, que con las horas breves
lo que nos diste, nos quitas,
lo que llevaste, nos vuelves:
tú, que con los mismos pasos,
que cielos y estrellas mueves,
en la casa de la vida,
pisas umbral de la muerte.
Tú, que de vengar agravios
te precias como valiente,
pues castigas hermosuras,
por satisfacer desdenes:
tú, lastimoso alquimista,
pues del ébano que tuerces,
haciendo plata las hebras,
a sus dueños empobreces:
tú, que con pies desiguales,
pisas del mundo las leyes,
cuya sed bebe los ríos,
y su arena no los siente:
tú, que de monarcas grandes
llevas en los pies las frentes;
tú, que das muerte y das vida
a la vida y a la muerte.
Si quieres que yo idolatre
en tu guadaña insolente,
en tus dolorosas canas,
en tus alas y en tu sierpe:
si quieres que te conozca,
si gustas que te confiese
con devoción temerosa
por tirano omnipotente,
da fin a mis desventuras
pues a presumir se atreven
que a tus días y a tus años
pueden ser inobedientes.
Serán ceniza en tus manos
cuando en ellas las aprietes,
los montes y la soberbia,
que los corona las sienes:
¿y será bien que un cuidado,
tan porfiado cuan fuerte,
se ría de tus hazañas,
y victorioso se quede?
¿Por qué dos ojos avaros
de la riqueza que pierden
han de tener a los míos
sin que el sueño los encuentre?
¿Y por qué mi libertad
aprisionada ha de verse,
donde el ladrón es la cárcel
y su juez el delincuente?
Enmendar la obstinación
de un espíritu inclemente,
entretener los incendios
de un corazón que arde siempre;
descansar unos deseos
que viven eternamente,
hechos martirio del alma,
donde están porque los tiene;
reprender a la memoria,
que con los pasados bienes,
como traidora a mi gusto
a espaldas vueltas me hiere;
castigar mi entendimiento,
que en discursos diferentes,
siendo su patria mi alma,
la quiere abrasar aleve;
éstas si que eran hazañas,
debidas a tus laureles,
y no estar pintando flores,
y madurando las mieses.
Poca herida es deshojar
los árboles por noviembre,
pues con desprecio los vientos
llevarse los troncos suelen.
Descuídate de las rosas,
que en su parto se envejecen;
y la fuerza de tus horas
en obra mayor se muestre.
Tiempo venerable y cano,
pues tu edad no lo consiente,
déjate de niñerías,
y a grandes hechos atiende.

                                        Francisco Quevedo (España)


¿Quién llama?
¡La propia voz!
¿Quién responde?
¡Muerte!
¿Se hunde la amistad
en el campamento del sueño?
¡Sí!
¿Por qué no canta ningún gallo?
¡Está esperando a que el beso del romero
nade en el agua!
¿Qué es eso?
¡El instante de abandono
del cual el tiempo se suprime
asesinado de eternidad!
¿Qué es eso?
Sueño y morir no tienen atributos.

                                       Nelly Sachs (Alemania)









 Ojo del tiempo

Este es el ojo del tiempo:
torcido mira
bajo ceja de siete colores.
Su párpado es lavado por fuegos,
su lágrima es vapor.
La ciega estrella vuela hacia él
y se derrite en la pestaña hirviente:
se va entibiando el mundo,
y los muertos
echan brotes y florecen.

                              Paul Celan (Rumania)







Tiempo sin tiempo

 Preciso tiempo necesito ese tiempo
que otros dejan abandonado
porque les sobra o ya no saben
que hacer con él
tiempo
en blanco
en rojo
en verde
hasta en castaño oscuro
no me importa el color
cándido tiempo
que yo no puedo abrir
y cerrar
como una puerta

tiempo para mirar un árbol un farol
para andar por el filo del descanso
para pensar qué bien hoy es invierno
para morir un poco
y nacer enseguida
y para darme cuenta
y para darme cuerda
preciso tiempo el necesario para
chapotear unas horas en la vida
y para investigar por qué estoy triste
y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo

tiempo para esconderme
en el canto de un gallo
y para reaparecer
en un relincho
y para estar al día
para estar a la noche
tiempo sin recato y sin reloj

vale decir preciso
o sea necesito
digamos me hace falta
tiempo sin tiempo.

                      Mario Benedetti (Uruguay)


Pluma abierta




 Entre el tic y el tac

Entre el tic y el tac del reloj,
hay un silencio.
En el podrían caber todos los gritos,
en el podrían caber todas las penas,
todas las suplicas y todos los reproches.
Entre el tic y el tac del reloj
podrías matar a un hombre,
reconstruir un gesto ya olvidado,
abrazar a un amigo
para decir aquello que jamás has dicho.
Entre el tic y el tac del reloj
podrían suceder todas las cosas,
menos el tiempo,
el tiempo sólo ocurre en el tic o en el tac.
Entre el tic y el tac del reloj
tuviste una esperanza,
pero no lo recuerdas
.

                    Rubén Balseiro (Argentina)









Asombro del tiempo
                             (Estela para la muerte de mi madre Josefina Fuentes de Aridjis)

Ella la dijo: Todo sucede en sábado:
el nacimiento, la muerte,
la boda en el aire de los hijos.
Tu piel, mi piel llegó en sábado.
Somos los dos la aurora, la sombra de ese día.

Ella la dijo: Si tu padre muere,
yo también voy a morir.
Sólo es cosa de sábados.
Cualquier mañana los pájaros
que amé y cuidé van a venir por mí.

Ella estuvo conmigo. En mi comienzo.
Yo estuve con ella cuando murió, cuando nació.
Se cerró el círculo. Y no sé
cuándo nació ella, cuándo morí yo.
El rayo umbilical nos dio la vuelta.

Sobre la ciudad de cemento se alza el día.
Abajo queda el asombro del tiempo.
Has cerrado los ojos, en mí los has abierto.
Tu cara, madre, es toda tu cara, hoy que dejas la vida.
La muerte, que conocía de nombre, la conozco en tu cuerpo.

Dondequiera que voy me encuentro con tu rostro.
Al hablar, al moverme estoy contigo.
El camino de tu vida tiene muchos cuerpos míos.
Juntos, madre, estaremos lejanos.
Nos separó la luna del espejo.

Mis recuerdos se enredan con los tuyos.
Tumbados para siempre, ya nada los tumba.
Nada los hace ni deshace.
Palpando tu calor, ya calo tu frío.
Mi memoria es de piedra.

Hablo a solas y hace mucho silencio.
Te doy la espalda pero te estoy mirando.
Las palabras me llevan de ti a mí y de mí a ti
y no puedo pararlas. Esto es poesía, dicen,
pero es también la muerte.

Yo labro con palabras tu estela.
Escribo mi amor con tinta.
Tú me diste la voz, yo sólo la abro al viento.
Tú duermes y yo sueño. Sueño que estás allí,
detrás de las palabras.

Te veo darme dinero para libros,
pero también comida.
Porque en este mundo, dicen,
son hermosos los versos,
pero también los frutos.

Un hombre camina por la calle.
Una mujer viene. Una niña se va.
Sombras y ruidos que te cercan
sin que tú los oigas, como si sucedieran
en otro mundo, el nuestro.

Te curan de la muerte y no te salvan de ella.
Se ha metido en tu carne y no pueden sacarla,
sin matarte. Pero tú te levantas, muerta,
por encima de ti y me miras desde el pasado mío,
intacta.

Ventana grande que deja entrar a tu cuarto la ciudad de cemento.
Ventana grande del día que permite que el sol se asome a tu cama.
y tú, entre tanto calor, tú sola tienes frío.

Así como se hacen años se hace muerte.
Y cada día nos hacemos fantasmas de nosotros.
Hasta que una tarde, hoy, todo se nos deshace
y viendo los caminos que hemos hecho
somos nuestros desechos.

Sentado junto a ti, veo más lejos tu cuerpo.
Acariciándote el brazo, siento más tu distancia.
Todo el tiempo te miro y no te alcanzo.
Para llegar a ti hay que volar abismos.
Inmóvil te veo partir, aquí me quedo.

El corredor por el que ando atraviesa paredes,
pasa puertas, pasa pisos,
llega al fondo de la tierra,
donde me encuentro, vivo,
en el comienzo de mí mismo en ti.

Número en cada puerta y tu ser pierde los años.
Tu cuerpo en esa cama ya sin calendarios.
Quedarás fija en una edad, así pasen los siglos.
Domingo 7 de septiembre, a las tres de la tarde.
Un día más, unos minutos menos.

En tu muerte has rejuvenecido,
has vuelto a tu rostro más antiguo.
El tiempo ha andado hacia atrás
para encontrarte joven. No es cierto
que te vayas, nunca he hablado tanto contigo.
Uno tras otro van los muertos, bultos blancos,
en el día claro.
Por el camino vienen vestidos de verde.
Pasan delante de mí y me atraviesan. Yo les hablo.
Tú te vuelves.

Pasos apesadumbrados de hombres
que van a la ceremonia de la muerte,
pisando sin pisar las piedras
de las calles de Contepec,
con tu caja al cementerio.

Tú lo dijiste un día:
todo sucede en sábado:
la muerte, el nacimiento.
Sobre tu cuerpo, madre, el tiempo se recuerda.
Mi memoria es de piedra.

                              Homero Aridjis (México)



Destiempo

el tiempo del destiempo
trepanó los últimos signos de la voluntad
pasó cerca y rápido
final de un camino equivocado
principio de un mañana
quizá
también equivocado
el tiempo del destiempo
llenó los ojos de telarañas
los nervios de rencores
las manos de un vacío pegajoso
colgó en las bocas el silencio de la frase que no pudo decirse
forzó la despedida a los ojos de mármol
que nos miraban 
                    desde quién sabe dónde.

                              Graciela Bucci (Argentina) 











Oscuro el galope que redobla afuera y adentro  

tanto de la noche como en los cuartos de mi cabeza.
No se deja ver la muy yegua, pero golpea
a las puertas de mí como huérfana bajo la lluvia. Golpea.
La tregua o silencio –vale igual-
sobreviene con la luz en el rostro del nuevo día;
pero el tiempo –implacable- no se enferma
no se muere nunca el condenado
de modo que regresa la oscuridad y con ella
la yegua, y con ella el galope tanto afuera
como adentro de la noche y adentro
de los cuartos de mi cabeza.
Vuelve la mensajera de la soledad.
Relincha la soprano del dolor.

                              Marcos Silber (Argentina)


Hoy

Todo tiempo pasado fue mejor
¿O habrá que leer la espalda de lo dicho?
............. Si Hoy es el bastón de apoyarse en Ayer
................ Se aúlle o insulte
........... no hay marcha atrás

                              Pablo Resa (Argentina)









Tiempo


Ha llegado la hora de mostrarnos desnudas
por la casa.
Si alguien puede contemplarnos son los muertos,
nadie más:
los personajes de liturgias extrañas
más perfume
que uñas y que vida.
Caminamos desnudas,
los sexos liberados por ángeles de tiempo
y en los pechos
una leve ceniza
mixtura
de regiones con frutos a la siesta.
Nos hicieron mujeres y como tales somos
una mitad de símbolo
y una mitad de arena.
Desnudas sin más leyes
que una naturaleza podadora de sangres.
Aquí miramos los retratos que penden de los clavos
como se miran las propias manos
y se escuchan los propios gritos
con esa continua herencia en objetos y horas
y sin embargo
respiramos la certeza de una piel
que no se vive
pero que se presiente.

                                           Lucía Carmona (Argentina)


Pasar el tiempo

Tu piel como el amanecer
la mía como el musgo
Una describe el principio
de un final innegable.
La otra, el final de un
principio seguro.

                      Maya Angelou (EE.UU )

















viernes, 12 de abril de 2013


REUNIÓN DE VOCES®
Revista literaria virtual Nº 11



Editorial

El término amante ha sido utilizado en su origen para referirse a una mujer mantenida, cuyos gastos solventaba un hombre en posición acomodada de manera de que poseyera un nivel de vida confortable , y fuera así posible para ella estar a su disposición para brindarle placeres sexuales. Famosas fueron: Diana de Poitiers (amante de Enrique II), Bárbara Villiers (amante de Carlos II) o Madame de Pompadour (amante del rey Luis XV), entre otras.
Hoy en día la acepción  de la palabra amante se arrima más a hombre y mujer que se aman.
Tal vez podríamos mejorar esa definición y decir hombre o mujer que ama, poseedores de una pasión que ocupa su pensamiento, que tienen motivación y le encuentran sentido a la vida, que son protagonistas.
Me viene a la mente esa maravillosa letra de Joan Manuel Serrat que dice: “De vez en cuando la vida nos besa en la boca y a colores se despliega como un atlas, nos pasea por las calles en volandas, y nos sentimos en buenas manos; se hace de nuestra medida, coge nuestro paso y saca un conejo de la vieja chistera y uno es feliz como el niño cuando sale de la escuela...”
¡Cuánto se ha escrito sobre amantes!
¿Damos juntos un paseo por la pasión hecha poesía?

                                                                        Gabriela Delgado


LOS AMANTES



Los amantes

Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, se despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden, y se entregan.

                             Oliverio Girondo (Argentina)


Canción de los amantes

Donde quiera en las noches
se abrirá una ventana
O una puerta cualquiera
de una calle lejana.
No importa donde o cuando...
puede ser donde quiera
Ni menos en otoño,
ni más en primavera.

Y hoy igual que mañana,
mañana igual que ayer
Un hombre enloquecido
besará una mujer.

Tal vez nadie lo sepa...
Como tal vez un día
Todos irán sabiendo
lo que nadie sabía.

Y para los amantes
su amor desesperado
Podrá ser un delito...
pero nunca un pecado.

Por eso el amor pasa
por las calles desiertas
Y es como un viento loco
que quiere abrir las puertas

Bien saben los amantes
que hay caricias que son
No una simple caricia
sino una posesión.
Y que un beso... uno solo
puede más que el olvido
Si se juntan dos bocas
en un beso prohibido.

No, un gran amor no es grande
por lo mucho que dura
Si se parece a un árbol
reseco en la llanura.
Y los amantes saben,
que sin querer siquiera
Hay un amor que crece
como una enredadera

Es natural que el agua
de un estanque sombrío
Sueñe en sus largas noches
con el viaje de un río.

Y si por algo es triste
la lluvia que no llueve
Será porque es la lluvia
condenada a ser nieve.

Es natural que un día
comprendan los amantes
Que no hay nunca sin siempre...
que no hay después sin antes.
Y así brota en el alma
la rebelión de un sueño
Que es como un perro arisco
que le gruñe a su dueño.

El amor... esa estrella
de una sombra infinita
Aunque muera cien veces...
cien veces resucita

Y suele ser un niño
de manos milagrosas
Que rompe las cadenas
y hace nacer las rosas.

Ya no habrá días turbios...
ya no habrá noches malas
Si hay un amor secreto
que nos presta sus alas.

Y el corazón renace
con renovada fe
Igual que los rosales...
que no saben por qué.

Donde quiera en las noches,
puede abrirse una puerta
Pero... tan suavemente
que nadie se despierta

Puede ser en otoño...
puede ser en verano
Tanto un amor tardío...
como un amor temprano.
Una mujer... un hombre...
y un oscuro aposento
Y allá afuera en la calle...
sigue pasando el viento.
Y si en la noche hay algo
queriendo amanecer
Es simplemente un hombre
que besa a una mujer

                       José Ángel Buesa (Cuba)



Los amorosos

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.

Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.

Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.

Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la oscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor
como una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.

                        Jaime Sabines (México)





Los amantes

Ved en sombras el cuarto, y en el lecho
desnudos, sonrosados, rozagantes,
el nudo vivo de los dos amantes
boca con boca y pecho contra pecho.

Se hace más apretado el nudo estrecho,
bailotean los dedos delirantes,
suspéndese el aliento unos instantes...
y he aquí el nudo sexual deshecho.

Un desorden de sábanas y almohadas,
dos pálidas cabezas despeinadas,
una suelta palabra indiferente,

un poco de hambre, un poco de tristeza,
un infantil deseo de pureza
y un vago olor cualquiera en el ambiente.

Baldomero Fernández Moreno (Argentina)



Cuando en la noche

Cuando en la noche te envuelven
las alas de tul del sueño
y tus tendidas pestañas
semejan arcos de ébano,
por escuchar los latidos
de tu corazón inquieto
y reclinar tu dormida
cabeza sobre mi pecho,
¡diera, alma mía,
cuanto poseo,
la luz, el aire
y el pensamiento!

Cuando se clavan tus ojos
en un invisible objeto
y tus labios ilumina
de una sonrisa el reflejo,
por leer sobre tu frente
el callado pensamiento
que pasa como la nube
del mar sobre el ancho espejo,
¡diera, alma mía,
cuanto deseo,
la fama, el oro,
la gloria, el genio!

Cuando enmudece tu lengua
y se apresura tu aliento,
y tus mejillas se encienden
y entornas tus ojos negros,
por ver entre sus pestañas
brillar con húmedo fuego
la ardiente chispa que brota
del volcán de los deseos,
diera, alma mía,
por cuanto espero,
la fe, el espíritu,
la tierra, el cielo.
                           Gustavo Adolfo Bécquer (España)



Amor prohibido

Subes centelleante de labios y de ojeras!
Por tus venas subo, como un can herido
que busca el refugio de blandas aceras.

Amor, en el mundo tú eres un pecado!
Mi beso en la punta chispeante del cuerno
del diablo; mi beso que es credo sagrado!

Espíritu en el horópter que pasa
¡puro en su blasfemia!
¡el corazón que engendra al cerebro!
que pasa hacia el tuyo, por mi barro triste.
¡Platónico estambre
que existe en el cáliz donde tu alma existe!

¿Algún penitente silencio siniestro?
¿Tú acaso lo escuchas? Inocente flor!
... Y saber que donde no hay un Padrenuestro,
el Amor es un Cristo pecador!
                                Cesar Vallejo (Perú)



Pluma abierta




Los amantes del Parque Lezama

                                            No es el amor que muere
                                            Somos nosotros mismos
                                                           Luis Cernuda



Llegan entre las hojas del otoño.
Se deslizan, irrumpen, atraviesan
la memoria del aire, las estatuas,
las aguas frías del estanque, el Tiempo.
Nadie los ve, nadie los oye. Vuelven
al escenario de su amor efímero.
Buscan rastros, señales, cicatrices
-un guijarro sepulto,  una ramita-.
 Las lluvias han borrado sus pisadas
y ya nada ni nadie los recuerda.

Se han sentado en un banco, el mismo banco,
y entrecruzan palomas  y silencios.
Arriba están las cúpulas azules.
Sobre sus hombros, por piedad, acaso,
Las hojas amarillas se desprenden.
Algún pájaro canta. El parque cruzan
una anciana y un niño de la mano.


(Ellos jamás pensaron que estarían
destinados sus cuerpos a otros cuerpos
y sus ardientes bocas al olvido).

Lamentables espectros del ayer,
 se contemplan vacíos, humillados.
La burla ha sido cruel. Y se separan
No volverán, no volveréis a verlos,
porque los dos han muerto,
ya no existen,
son otros.


                           Antonio Requeni (Argentina)





Tu boca
En la cama, tu voz
se viste de ternuras,
hace hilos de amor. Tejidos
en mi cuerpo.
Abandonado
en la suavidad de tus palabras
y murmullos de la noche.
Me sostengo en tus quejidos.
Tiemblo.
Y tu boca me consume.

             Gregorio Riveros (Venezuela)






Arder

Cuando nos besamos trituramos un ángel.
Su última voluntad será nuestro deseo.
Tiempo habrá para escupir sus vidrios de colores,
              su sombrero de plumas,
barajas manoseadas por tahúres y ahora

hay que hacerlo entrar,
ofrecerle licor (que él viene de morirse),
acercarle una silla (que lee en la oscuridad).

Dirá sus baratijas,
su forma de guiarnos al secreto de la vieja
               estación.
Dirá que el vino está hecho de hojas secas,
que puede hacer un fuego con tu rostro y el mío.
(Ni un centavo de luz a su trabajo).

Cuando nos besamos desollamos un ángel,
un condenado a muerte que va a resucitar en
                otras bocas.
No tengas lástima por él, sólo hay que hincar el
                diente
y triturar al ángel.
Abrir tus piernas blancas y darle sepultura.

                                       Jorge Boccanera (Argentina)






Noche nupcial

Este mundo con trenes que, al alejarse, dejan
como un escalofrío recorriendo el paisaje.
Este mundo con hadas y unicornios
que gobiernan mi piel y viven en tus manos.

El mundo que no existe.

Hoy duermes junto a mí y brillas en la noche,
estatua blanca en el jardín de un sueño.

Mañana no estarás o serás otra.
Mañana, cuando mates ángeles y sirenas.
Mañana, cuando quemes nuestros bosques.

Yo me esconderé en ti como un centauro herido:
El último centauro, el que recuerda
su mundo azul desde una gruta oscura.

Quién será esta mujer a quien hoy doy mi vida.

                              Benjamín Prado (España)







Desajustado

El borde de tu vestido ajustado
coquetea...
Con mi piel,
mis ojos,
mis manos,
mi olfato
y mi boca.
Todos unidos indivisos.
Desajustados.
Impetuosos.
Dementes.
Estúpidos.
Desesperados.
Buscan hacer fiesta en ti.

                  Juan Ricardo Sagardía (Argentina)






I
Necesito tu boca
el agua de tus manos

deslizarme

por el tobogán de tu cuello

cabalgar en vos
hasta que nos cubra
la espuma de la noche.

II


Recorro tus vértices
sensibles
como un triángulo.

Mis labios juegan
con tu geometría extranjera.

A veces morías en mi infinito
yo revivía
en tu punto perfecto.

                         Ivana Szac (Argentina)